Aquí estoy, nuevamente, escribiendo. Tras un largo día, cae estrepitosamente la noche y consigo trae mis ganas de no hacer absolutamente nada. Bueno, nada que sirva del todo. Sólo frases que llevan deambulando en mi cabeza ya hace varias horas y que se han ido evaporando gracias a mi poca capacidad de retención. No sé si es un don o una maldición.
El hecho por el cuál estoy enterrada entre palabras sin sentido alguno, es porque mi mente, característicamente desordenada, hoy se encuentra un tanto vaga y holgazana. No le entra ni una sola oración del libro de texto. O tal vez sí, pero no es suficiente. Sin interesarle en absoluto los temas tan variados que se le ofrecen, opta por gandulear la jornada entera. Por más que lo intente, no puedo, me gana una y otra vez el cansancio. Acabamos de venir de las vacaciones, pero, sin embargo, mi cuerpo necesita otras. ¡Qué pena de alma!
No me quejaré más sobre los exámenes, ya que, quiera o no, tendré que hacerlos y más me vale estudiar. Sin más dilación, me dispongo a contar el pequeño cambio que mi vida adoptó ayer. La cosa que más me entusiasma y que es un poquito difícil de describir, es que me corté mi media cabellera oscura. Pasó de estar un poco más abajo de mis hombros a estar mucho más por encima. A mi cara le acompañan unos pequeños mechones gruesos que a veces se ondulan y se posan en el hélix de mi oreja. Podría decírse, aunque muy dramático para mi gusto, que fue un cambio radical. Llevaba esperando esto desde el diciembre pasado, cuando ya estaba presente en el contenido que consumo diariamente vídeos de chicas mostrando su radiante pelo corto. Y a mí, que me gusta más una melena que a un tonto un lápiz, no me podía quedar al margen.
También, aunque no tenga nada que ver, cayó de las alturas agua fresca y limpia que las nubes me dieron el gusto de conocer y sentir. Últimamente, el firmamento está muy generoso y llueve con una frecuencia para nada conocida. No es una queja, claro está, porque quién me conozca sabrá que disfruto mucho del "mal tiempo". Mis días favoritos, por excelencia, siempre van a ser cuando el cielo esté gris y deje su reflejo claro en la ciudad.
¡Gracias por leer este kilométrico texto y por estar ahí, detrás del soporte visual rectangular!
Con mucho cariño, Tráthúil.
P.D.: Esto lo escribí el sábado 24 de enero de 2026 y hasta este momento, no tuve la oportunidad de publicarlo.
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