Sin parar de llover, aunque gradualmente cesando, me encuentro el día de hoy plasmando sobre un documento en blanco los pensamientos más superficiales que mi cabeza se acordó de retener. Cientos, miles de palabras rondan por mi mente como gotas caen del cielo y, con el escaso tiempo que dispongo, voy a seleccionar las que resultan más congruentes y las recogeré en este texto que posiblemente este poblado de más oraciones como esta.
Resulta y acontece que hoy cancelaron las clases y, como era de esperar, mi fatiga habitual se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos. ¿A quién no le gustan los días libres?
Bueno, no libre del todo, puesto que las tareas que me mandaron para hacer me obligan a decir lo contrario. Pero son minucias que poca importancia tienen. Lo más interesante, y de lo que más me avergüenzo, es que estuve leyendo unos cuantos blogs y, por ende, añorando tiempos no tan pasados pero tampoco tan recientes. ¡Los 80, 90 e incluso los 2000! Me pregunto que habré hecho en mi vida pasada para que me castiguen de esta cruel forma.
Y sería mentira si dijese que no me gusta vivir en estos tiempos, pues la existencia es más libre y está llena de derechos que me benefician. Pero también estamos presenciando la carencia de creatividad. Lo fácil, rápido y cómodo se valora más que el esfuerzo que uno hace. Que si lo hacemos con IA, que si calcamos, que si esto o aquello. ¿Por qué tenemos que tener miedo? ¿Por qué me tengo que esconder? Y me pregunto, ¿en qué rincón del planeta se quedaron los colores?
El caso es que desde hace varios meses, me atrevería a decir un año, intento camuflarme entre aquellos años tan luminosos y sombríos a la vez. Queriendo vivir una vida que no tuve la oportunidad de presenciar. Comencé empapándome con música (¡bendita sea la música!), vistiéndome con ropa que me hace sentir de la época, que poco se asemeja, y siendo como siempre quise ser: artísticamente rebelde.
O esa es alguna de las cuantas pobres mentiras que me repito a mi misma. Llegados a este punto, una no sabe discernir entre lo que romantiza de lo que es real. Pero bueno, ¿quién me culpa, si cuando yo nací ya se idealizaba? Tanto de lo que se espera es, sin más, una falacia piadosa; como una trampa para ratones, donde caes y te das de bruces con la realidad.
La triste y dulce realidad impuesta por el universo, que nos hizo perfectos y, al mismo tiempo, imperfectos. Llenos de alma. Faltos de coherencia.
En fin, esto es todo. O tal vez no.
Con mucho cariño, Tráthúil.
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